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CÓMO DOCUMENTARSE PARA UNA NOVELA

CÓMO DOCUMENTARSE PARA UNA NOVELA
julio 4, 2016 Licreatura Web

Como profesor he procurado enseñarles a los demás las artes del lenguaje: leer, escribir, hablar y escuchar, y también algo que practicamos los «licreativos», es decir, el arte de la fabulación. Puse a mis niños a ejercitar  -como a los atletas- ese músculo llamado «creatividad» que el sistema educativo procura que se quede  ahí apolillado, como el arpa de Bécquer.

Aprendí que lo más obvio es lo que más se ignora, y ahora quisiera aprovechar esta oportunidad para recordar esa evidencia.

Da igual que sea una carta de amor, un WhatsApp, un relato corto, un poema o una novela de estructura compleja: un mensaje escrito solamente funciona si refleja con claridad las ideas que su autor quiere transmitir y si, además, consigue que el lector pueda descifrarlo correctamente sin necesidad de más información. Así pues, una novela que necesita de explicaciones complementarias para ser comprendida no está bien hecha.

Hagamos una comparación. Imaginemos en Sevilla un texto escrito hace mil años que vuela camino de Córdoba en un papelito atado a la pata de una paloma mensajera… y un mensaje de WhatsApp escrito aquí y ahora. En el fondo, se trata de dos situaciones idénticas; en ambos casos hay un emisor, un texto escrito y un receptor de la información, quien a partir de ese mensaje construirá una u otra realidad, comprenderá una cosa o la contraria o ninguna –si está mal escrito–.

Cada vez es más frecuente ver a malos comunicadores bastante enfadados porque que nadie les entiende.

Entre la persona que empieza a leer una ficción escrita y su autor se establece –por así decirlo– un pacto. El lector espera ser llevado con su ayuda a un estado de ensoñación; desea ser «engañado» o seducido artísticamente por su relato, que será bueno solamente si además de enamorarle y atrapar su interés, está bien construido, es artísticamente atrayente y está bien documentado.

Este es nuestro tema: la documentación que debemos manejar antes de poner en pie nuestro relato. Cualquier desajuste nos puede llevar a situaciones lamentables. En ninguna modalidad narrativa o literaria se pueden admitir fallos técnicos que dejen al aire los trucos que utilizamos, y que rompan esa magia  entre autor y lector  tan difícil de crear. Por ejemplo, si nuestro personaje es un profesor de física cuántica, no lo podemos presentar explicando disparates, pues damos por supuesto que eso nadie lo va a entender. Aunque estemos en un contexto de ficción, el discurso científico no puede ser falseado. Por la misma razón, situar la confitería sevillana La Campana en la Puerta de Jerez o los Sanfermines en Sevilla serían errores que pulverizarían la belleza de cualquier narración, por muy bien escrita que esté.

En pintura, cuando nos enfrentamos a la reproducción de un rostro humano, resulta que todos tienen nariz, dos ojos y una boca, pero sus facciones poseen una gran cantidad de rasgos relevantes que los diferencian entre sí. Eso en literatura hay que lograrlo también, y no es fácil. Un cuadro con quince personajes retratados con las caras iguales es tan ridículo como una novela en la que todos ellos hablan o actúan de la misma manera, sin posibilidad de identificarlos.

A la vez que aumentan los dramatis personae las dificultades técnicas se multiplican. Manejar y diferenciar en una novela a cincuenta o cien personajes y conseguir que todos tengan entidad propia y reconocible es dificultoso. Recordemos que cada persona humana posee:

  • Una biografía que siempre es singular y diferente a la de los demás.
  • Una idiosincrasia peculiar que la identifica de forma inmediata, y que evita que se confunda con otra cuando actúa  ante cualquier situación.
  • Una cosmovisión que transmite cuando habla o interviene de cualquier forma en la acción.
  • Una peculiar forma de hablar o de comunicarse que debe informarnos de forma relevante acerca de su edad, su nivel cultural, su procedencia, su situación y  sus intenciones.
  • Una presencia física, un vestuario y unos objetos que al manipularlos configuren su personalidad. En teatro o en cine podemos usar utilería, decorados y una amplia gama de recursos audiovisuales para lograr eso fácilmente. En literatura solo podemos usar las palabras.

Todo ello debemos tenerlo claro antes de introducir en escena a cualquier personaje.

Para conseguir lo anterior hace falta documentación, es decir, ese acopio de datos, materiales e información variopinta que nos permitirá construir personajes bien definidos y creíbles, y explicar los conflictos que se suceden bien diferenciados unos de otros en el escenario de sus acciones.

No conviene que la información que acompañe a cada personaje o contexto sea excesiva; hay que sugerir también, y dejar que el lector haga una lectura subjetiva, añadiendo muchas cosas que no pusimos en el texto. Por lo que, tanto los personajes como los escenarios deben tener un número justo de inconcreciones que permitan a los lectores volar con su imaginación y añadir cosas que seguramente no sospecha el autor del relato.

Es más importante la esencia que la totalidad. No hay que dar toda la información, sino dosificarla de forma inteligente. Es mejor que esté sugerida que explícita. La mayoría quedará oculta en el laboratorio creativo del escritor. Lo escrito será como la parte visible de un colosal iceberg en el que la mayor parte de su volumen quedará oculto, sumergido bajo el agua.

Debo recordar una evidencia que se repite mucho; cuando tienes un proyecto claro parece que el mundo se confabula para que en el momento más inaudito, en el lugar más insólito y de la forma más inesperada puedas obtener ese dato, esa ansiada y decisiva información que estabas buscando para rematar tu faena.

Un buen relato suele ser una artística síntesis de muchas y muy variadas lecturas. Es el espejo de  una buena biblioteca que lo nutre, documenta y hace creíble. Eso solamente lo consigue una persona curiosa capaz de captar, retener y procesar creativamente todo tipo de información sin desdeñar ninguna.

En el ámbito de la literatura, supuestos autores copiones  de recortar y pegar, refritadores de sofritos varios, aves de rapiña y piratas de toda laya… hubo, hay y habrá siempre.  Que se lo pregunten nuestro patrono el buenísimo  de don Miguel, cuyos fracasos como dramaturgo lo convirtieron en novelista.

Tienes que trabajar muy duro y sin desanimarte. Nuestro oficio no termina de aprenderse nunca.

¡Ah! Se me olvidaba, amigos «licreativos»: sin esa creatividad que ejercitas y crece día a día, toda la documentación que puedes obtener vía internet no sirve para nada.

Mis mejores deseos: Javier Ros Pardo

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